Allá por la mitad de los sesenta empecé a notar los muchos problemas de concentración que me asaltaban ante las obras narrativas voluminosas. Durante un tiempo experimenté idéntica dificultad para leer tales obras como para escribirlas. Mi atención se despistaba; y decidí que no me hallaba en disposición de acometer la redacción de una novela. De todas formas, se trata de una historia angustiosa y hablar de ello puede resultar muy tedioso. Aunque no sea menos cierto que tuvo mucho que ver, todo esto, con mi dedicación a la poesía y a la narración corta. Verlo y soltarlo, sin pena alguna. Avanzar. Por ello perdí toda ambición, toda gran ambición, cuando andaba por los veintitantos años. Y creo que fue buena cosa que así me ocurriera. La ambición, y la buena suerte son algo magnífico para un escritor que desea hacerse como tal. Porque una ambición desmedida, acompañada del infortunio, puede matarlo. Hay que tener talento.
miércoles, 21 de noviembre de 2012
miércoles, 19 de septiembre de 2012
Cuento Breve: Arabelle y el Poeta
Arabelle conoció a
Balthasar Grämlich en una humilde posada situada en los alrededores
de Bremen, en el noroeste de Alemania. Aquella era una noche particularmente
lluviosa. Balthasar buscaba un refugio donde secar sus ropas y
componer su ánimo. Sus vestimentas eran oscuras, como sus ojos y su
cabello, pero su piel era pálida. Era un joven frágil, de mirada
triste y hablar lento y cortés. Arabelle, en cambio, era como el
reflejo del sol. Sus cabellos eran dorados y sus ojos tenían los
colores de una tarde de primavera, y cuando sonreía el mundo entero
parecía iluminarse.
Arabelle era dulce y
gentil y todos querían estar a su alrededor. Pero Arabelle nunca
había amado a nadie. Toda su vida la había pasado en aquella
solitaria posada, levantada junto a un pequeño bosque, donde
caminaba algunas tardes. No conocía una felicidad plena, pero su
existencia era tranquila y con eso parecía bastarle. Más entonces
vio a aquel joven de aspecto enfermizo, tan delgado como una vara, un
tanto torpe al caminar y al hablar, sentado en un rincón de la sala
con los ojos perdidos en un pequeño y viejo libro. Primero fue
simple curiosidad, más pronto la curiosidad se convirtió en algo
diferente.
domingo, 15 de julio de 2012
Cuento Breve: El Perro del Infierno
Isaías Monterros siempre
fue un viejo solitario e irritable. Vivía en una antigua casa de dos
pisos, toda derruida por los años de deterioro y abandono. Nunca
había parecido interesado en pintar la fachada o podar la maleza del
patio, de modo tal que esta había crecido a su antojo, otorgándole
al lugar un aspecto sombrío y ominoso. Los vecinos evitaban
compartir con él, extendiendo su recelo a los más pequeños,
quienes veían en el anciano a un ser repulsivo, protagonista de
rumores terribles.
Se comentaba que Isaías Monterros guardaba los cuerpos de su esposa e hijos en algún lugar de la casa, muertos largo tiempo atrás. Claro está que estas historias no tenían fundamento alguno, pero todos las creían como si fueran una verdad irrefutable. Lo cierto es que el propio anciano no se esforzaba por contradecir ninguno de estos rumores.
Se comentaba que Isaías Monterros guardaba los cuerpos de su esposa e hijos en algún lugar de la casa, muertos largo tiempo atrás. Claro está que estas historias no tenían fundamento alguno, pero todos las creían como si fueran una verdad irrefutable. Lo cierto es que el propio anciano no se esforzaba por contradecir ninguno de estos rumores.
sábado, 26 de mayo de 2012
Cuento Breve: Lo que oculta la tormenta
Parado en el balcón de
su casa, Bruno observaba la lluvia que caía sobre la ciudad desde
hacía horas, sin dar signos de amainar. Ya era de noche. A lo lejos
alcanzaba a divisar un mar oscuro, enfurecido. Un viento huracanado
comenzaba a soplar cada vez con más fuerzas, azotando su cara, sus
cabellos, su vieja parca gris que usaba desde que estaba en el
colegio y que no pretendía cambiar por esas afeminadas gabardinas
tan de moda ahora entre los jóvenes de su edad.
Le agradaba sentir las
gotas de lluvia sobre su rostro. Le recordaba a esa infancia, no tan
lejana, cuando se paraba en la puerta de aquella misma casa y miraba,
con una curiosidad y atención solo posibles cuando uno es niño, las
pozas que se formaban en el patio. Le recordaba también al olor de
la harina mezclada con agua y zapallo, y a su mamá en la cocina,
advirtiéndole que no saliera o se resfriaría.
Sobre una posible colección de cuentos
Desde hace ya un tiempo le vengo dando vueltas a una idea que se me metió en la cabeza y sencillamente no me la he podido quitar de encima: Publicar una colección de cuentos fantásticos. Así de simple. Desde que empecé a escribir relatos cortos de manera regular, tanto para Fantasía Austral como para subir a este blog, me di cuenta de que me agradaba bastante hacerlo, y lo más satisfactorio es que a otras personas parecían gustarle mis creaciones. Creo que no hay mayor motivación para un escritor novato, como yo, el que a otros le agrade lo que haces. El punto es que he logrado reunir una cantidad no despreciable de relatos cortos y no tan cortos (algunos inéditos) y heme aquí en la disyuntiva ¿vale la pena compilarlos en un libro? Obviamente, previa revisión y reescritura de los mismos.
lunes, 21 de mayo de 2012
Cuento Breve: Kaninchen Maske
Una tarde llegó a una
pequeña ciudad llamada Almond un extraño sujeto con una máscara de
conejo. Llevaba puesta una chaqueta color gris oscuro, una bufanda
negra y pantalones del mismo color. No traía ningún equipaje
consigo excepto por una daga enfundada en su cinturón, aunque de
esto nadie se dio cuenta ya que la llevaba oculta bajo el resto de
sus ropas.
Los que lo vieron llegar
decían que había algo perverso en él, como si un halo de
malignidad lo rodeara. A nadie le prestó atención. Con un extraño
andar renqueante se dirigió a los barrios bajos de la ciudad, donde
pululaban las mafias y los delincuentes menores. Se perdió en
oscuros y fétidos callejones, plagados de ratas y cucarachas, y un
sinfín de otras pestes. Nadie lo volvió a ver.
lunes, 19 de marzo de 2012
Cuento Breve: Abel, la niña y el mendigo
Caminaba por una calle solitaria, una noche particularmente fría y oscura. La ciudad entera parecía dormir, silenciosa, arropada bajo las manos invisibles del Dios de los sueños. Los faroles eran como vigías mudos, enigmáticos, destinados a luchar eternamente contra las sombras que se cernían acechantes.
Abel miró a las alturas: comenzaba a nevar. Se arrebujó aún más en su abrigo y apresuró el paso. Los antiguos edificios se erguían solemnes a su alrededor, observándolo con sus ojos ciegos.
Un movimiento llamó su atención. Giró la cabeza y vio salir de un callejón a una niña tomada de la mano de un hombre viejo y sucio. Por sus caracteristicas era evidente que se trataba de un mendigo. Instintivamente se apegó a la pared, tratando de no ser visto, sin embargo, no les despegó los ojos de encima ¿que significaba aquello? ¿una niña acompañada de un mendigo a esa hora de la noche? Algo no calzaba en aquella imagen. Estuvo un rato agazapado hasta que se alejaron lo suficiente. Entonces, dominado por la poderosa sensación de que algo malo sucedería aquella noche, decidió seguirlos.
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