Denes se deslizó sobre los
húmedos adoquines de la ciudad, acortó camino por oscuros corredores, evadió a
una jauría de perros callejeros y se dirigió a los cerros boscosos ubicados en
la periferia de la gran urbe. Como todas las noches trepó al árbol más alto, un
alerce de tronco retorcido y hojas negras, y se sentó a observar la noche,
silencioso y pensativo. Estuvo así un rato hasta que lo distrajo una silueta
gris que se movía con lentitud al nivel del suelo. Curioso, como todo gato,
Denes bajó del árbol y siguió a la silueta que resultó ser otro gato, aunque
este parecía mucho más viejo y maltratado por la vida.
