lunes, 26 de noviembre de 2012

Cuento: El Árbol del Orgullo, de G.K. Chesterton


Si bajan a la Costa de Berbería, donde se estrecha la última cuña de los bosques entre el desierto y el gran mar sin mareas, oirán una extraña leyenda sobre un santo de los siglos oscuros. Ahí, en el límite crepuscular del continente oscuro, perduran los siglos oscuros. Sólo una vez he visitado esa costa; y aunque está enfrente de la tranquila ciudad italiana donde he vivido muchos años, la insensatez y la trasmigración de la leyenda casi no me asombraron, ante la selva en que retumbaban los leones y el oscuro desierto rojo. 

Dicen que el ermitaño Securis, viviendo entre árboles, llegó a quererlos como a amigos; pues, aunque eran grandes gigantes de muchos brazos, eran los seres más inocentes y mansos; no devoraban como devoran los leones; abrían los brazos a las aves. Rogó que los soltaran de tiempo en tiempo para que anduvieran como las otras criaturas. Los árboles caminaron con las plegarias de Securis, como antes con el canto de Orfeo. Los hombres del desierto se espantaban viendo a lo lejos el paseo del monje y de su arboleda, como un maestro y sus alumnos. 

Los árboles tenían esa libertad bajo una estricta disciplina; debían regresar cuando sonara la campana del ermitaño y no imitar de los animales sino el movimiento, no la voracidad ni la destrucción. Pero uno de los árboles oyó una voz que no era la del monje; en la verde penumbra calurosa de una tarde, algo se había posado y le hablaba, algo que tenía la forma de un pájaro y que otra vez, en otra soledad, tuvo la forma de una serpiente. La voz acabó por apagar el susurro de las hojas, y el árbol sintió un vasto deseo de apresar a los pájaros inocentes y de hacerlos pedazos. Al fin, el tentador lo cubrió con los pájaros del orgullo, con la pompa estelar de los pavos reales. El espíritu de la bestia venció al espíritu del árbol, y éste desgarró y consumió a los pájaros azules, y regresó después a la tranquila tribu de los árboles. Pero dicen que cuando vino la primavera todos los árboles dieron hojas, salvo este que dio plumas que eran estrelladas y azules. Y por esa monstruosa asimilación, el pecado se reveló.
Fuente: Ciudad Seva
http://www.ciudadseva.com

6 comentarios:

  1. De Chesterton solo he leido sus relatos policiales, como los libros del padre brown. Este no lo conocia pero me agradó bastante. Gracias por compartirlo

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  2. Javier, ¿sabes que este cuento es lo primero que leo de Chesterton? Una espina clavada en mis hígados literarios. Es un buen cuento. Deslumbrante en su simplicidad.
    Habrá que volver a atrás para ir hacia delante.
    Mmmm. Curioso. ¿Tolkien habrá leído el cuento?
    Un abrazo.

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  3. Me pregunté lo mismo cuando lo leí. Sé que Chesterton es uno de los grandes de la literatura inglesa, pero hasta que punto habrá influido en alguien como Tolkien, lo desconozco. Es una coincidencia interesante, sin duda, pero me inclino a pensar, después de algunas lecturas de su biografía, que la inspiración de Tolkien proviene del folclore y la mitología más que de un cuento corto de Chesterton :)

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  4. De hecho, los Ents nacieron del descontento de Tolkien hacia el trato que hacía Shakespeare a los árboles parlantes en Macbeth. Le mató que fueron soldados camuflados en vez de verdaderos árboles con características conscientes :)

    Chesterton fue importante para Tolkien pero mucho más para C.S. Lewis. De hecho, el primer antecedente de su conversión fue haber leído el ensayo de Chesterton llamado El Hombre Eterno.

    Otro grande que le debe mucho a G.K. Chesterton es Neil Gaiman. Él mismo dijo que el estilo de dicho escritor había influenciado mucho su manera de escribir.

    Abrazos.

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    1. Ahora que lo mencionas, creo que había escuchado esa historia en una de las reuniones de FA. En todo caso, de lo poco que he leído de Chesterton, creo que tenía una prosa admirable.

      ¡Saludos, Kind Sir!

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  5. p.d. muy bueno el cuento, a propósito. Recomiendo, por cierto, su novela llamada "El Hombre que fue Jueves"

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